En ese momento, todos los ejércitos iban acompañados de sacerdotes y, quizás porque era el Papa quien quería la existencia del ejército cruzado, se limitó a poner también a disposición del sacerdote para la expedición. El título de legado apostólico y las cualidades personales del obispo Ademaro de Monteil le valieron la confianza y el respeto de los cruzados. Sus exhortaciones y consejos contribuyeron enormemente al mantenimiento del orden y la disciplina.
El obispo Ademar murió en Antioquía.